Periodistas digitales, periodistas de segunda
El redactor de digital ha sufrido durante años, y en muchos casos sigue sufriendo, que le relegaran a un mero filtro de noticias ya escritas.
Ha sido una realidad desde que las redacciones de los principales medios de información de este país diesen el salto a Internet. Dedicaron con miedo y poco respeto una escasa cantidad de recursos, tanto económicos como de personal, que en una redacción viene a ser prácticamente lo mismo. Había entonces redactores de primera, los que aún seguían en el papel; y redactores de segunda, los que, ilusos, creían que estaban en el medio del futuro y escribían en la versión digital. Sin embargo, si se mira con desprecio al medio que ya es la única vía de beneficios, ese futuro te pasa factura, y las cabeceras nativas de Internet han sabido explotar la falta de calidad informativa de los medios tradicionales, y con ello robarles gran parte del pastel publicitario. Es por eso que los reportajes de los del papel pisaban a los ya publicados por digital. Es por eso que el antinatural horario de las redacciones tradicionales, ancladas al anacronismo de los horarios de impresión, pasaba finalmente factura a la imperante necesidad de actualidad de los lectores. Porque en muchos casos la noticia ya estaba cubierta, e incluso publicada, pero había que levantarla porque en papel la iban a sacar al día siguiente. Y es ese dinamismo que los redactores de digital habían hecho suyo el que realmente da un valor añadido a los medios de información digitales. Porque son capaces no sólo de dar la noticia, sino sobre todo de explicarla en un tiempo récord, enlazando con noticias anteriores para darle la oportunidad al lector de contextualizar la información. Eran incluso capaces de haber encontrado una buena fotografía, o de haber incluido una infografía interactiva. Pero la única actualidad que trabajaban era la que no era suya, si no de las agencias de noticias.
El redactor de digital ha sufrido durante años, y en muchos casos sigue sufriendo, que le relegaran a un mero filtro de noticias ya escritas, con las que, como mucho, hacía un refrito de dos de ellas para así poder incluir la firma institucional del periódico en cuestión. Un trabajo vergonzoso en unas redacciones cada vez más precarias, en las que en muchos casos no aceptan a sus redactores salir a la calle a completar su noticia con información realmente propia y de calidad. Pero el control de gasto ha recluido a los profesionales de la información a sus cubículos, y como m
ucho se les deja salir a romper la rutinaria labor de cortar y pegar para encender un cigarro, aunque ya no les guste fumar. Por desgracia, ya casi ninguna cabecera ofrece algo distinto a lo que ofrecen las agencias de noticias y el discurso oficial de las empresas a través de sus cocinadas notas de prensa.
La labor del periodista, que debe ser quien intente explicar la compleja realidad que le rodea, en algunos casos no es más que la de un peón en una cadena de noticias, que como las salchichas, van saliendo hacia el comprador. Pero su verdadera labor es otra. Es la de investigar, contrastar las fuentes, entrevistar, contextualizar y explicar, todo ello en un lenguaje claro pero ameno e incluso literario al mismo tiempo. Sólo cuando se les deje hacer lo que se les ha enseñado a hacer, lo que quieren hacer y lo que deben hacer, la gente se replanteará la posibilidad de volver a pagar por una información de calidad.

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