Nuevos tiempos, nuevas redacciones

Hace tiempo que estoy pensando acerca de los procesos de producción que se dan en una redacción periodística. Pensé en una distribución orgánica, compuesta por pequeñas células temáticas, en las que cada periodista tenía su propio cubículo de cristal transparente, por un lado para poder tener a la vista a sus compañeros (y jefes), y por otro poder disponer del silencio tan necesario para una llamada off record, pero tan escaso en una redacción como la calma en el cierre.

Hace tiempo que pensé en qué debería usar su tiempo un periodista, haciendo la calle pero sin dejar de estar conectado en todo momento a la Red. Ser un auténtico gato callejero y al mismo tiempo un gran navegante online. Pensé en equiparlo con netbooks conectados a Internet, móviles de última generación con cámara y grabadora, y dotarle de un parque de scooters y demás vehículos urbanos, eléctricos a poder ser, con el logo del periódico, para que ni los atascos les impidan estar en los sitios y con las personas que necesiten estar. 

Hace tiempo que pensé también en levantarlo de su silla, copiando y pegando teletipos, o escribiendo sólo una pequeña columna, mientras el resto del día lo dedica sólo a matar su curiosidad, sin sacar nada en claro sobre lo que escribir. O lo que es peor, a perder el tiempo en sus propios quehaceres, intereses y vanalidades. 

Hace tiempo que pienso además que lo que es gratis nunca tendrá valor, y que por tanto Internet no es debe ser el escaparate gratuito de un producto de calidad y por el que se paga fuera de la red. Que los diarios gratuitos tuvieron su época, y que ahora deben seguir sólo en la red. Y que las grandes publicaciones sin embargo, sean o no diarias, deben demostrar lo que valen, y no darse gratis.

Hace tiempo que pensé que el papel no está muerto, pero del mismo modo que los museos tampoco lo están. Porque sí, los discos de vinilo siguen existiendo, los cassetes, las películas VHS, pero no por ello se siguen usando. Es por eso que es necesario pensar en clave online, y dejar las imprentas para las publicaciones conmemorativas. Porque los lectores no sólo han han cambiado la pantalla por el papel, si no que la lectura no es ni lineal ni exhaustiva, su actitud no es para nada tranquila, y además de leer cual niño con déficit de atención, comparten con el resto de chavales "ciberhiperactivos" todo lo que leen a medias.

Hace ya tiempo que pienso que son las grandes cabeceras las primeras que deben ser conscientes de todo ello, y no dejar que de nuevo un universitario ciberhiperactivo e hipermotivado les vuelva a adelantar por la derecha. 

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